Es viernes por la noche. Has tenido una semana larga. El jefe, las facturas, el tráfico infernal de Asunción (o de donde sea que me leas). Llegas a casa, pides un lomito y te tiras en el sofá. Tienes el mando en la mano y todo el catálogo de Netflix a tu disposición. Podrías ver una comedia ligera, algo que te haga reír y olvidar. Pero no.
Sin saber muy bien por qué, eliges esa película oscura, con una portada inquietante, que promete 90 minutos de ansiedad pura. O entras a YouTube y buscas historias sobre luces extrañas en el Chaco o crímenes sin resolver.
Te tapas con la manta hasta la nariz. Tu corazón empieza a acelerarse. Sabes que esa noche, cuando vayas al baño a oscuras, vas a mirar dos veces el espejo. Y, sin embargo, te encanta.
¿Somos masoquistas? ¿Tenemos algún cable cruzado en el cerebro que confunde el placer con el sufrimiento?
Durante mucho tiempo pensé que sí. Especialmente en esa etapa de mi vida donde sentía que la realidad ya daba suficiente miedo (el miedo al futuro, a no “ser alguien”, a fallar), no entendía por qué alguien querría añadir fantasmas a sus demonios personales.
Pero investigando para mis propios guiones de terror y analizando por qué mi canal de YouTube crece, descubrí algo fascinante: el miedo no es solo una reacción de supervivencia, es una necesidad biológica. Y créeme, entender esto explica muchas cosas sobre cómo funcionamos.
El cerebro primitivo y el “cóctel” de la felicidad
Para entender por qué disfrutamos de una buena historia de terror, tenemos que dejar de pensar como humanos modernos del siglo XXI y empezar a pensar como nuestros antepasados de las cavernas.
Nuestro cerebro tiene una parte muy antigua, la amígdala, que es básicamente una alarma de incendios hiperactiva. Su único trabajo es detectar amenazas.
Cuando ves una sombra moverse en la pantalla o escuchas un ruido fuerte en un video, la amígdala no se detiene a pensar: “Ah, tranquilo, es un video de chuckaflu, estás seguro en tu cama”.
No. La amígdala grita: ¡PELIGRO!
Y aquí viene la magia. Tu cuerpo reacciona instantáneamente preparando la defensa (la famosa respuesta de “lucha o huida”):
Tu ritmo cardíaco se dispara para bombear sangre a los músculos.
Tus pupilas se dilatan para ver mejor en la oscuridad.
Y tu cerebro libera un torrente de químicos: adrenalina, endorfinas y dopamina.
¿Te suenan? Son exactamente los mismos químicos que se liberan cuando hacemos ejercicio intenso, cuando nos reímos a carcajadas o incluso durante el sexo.
El “truco” está en lo que sucede un milisegundo después. Tu lóbulo frontal (la parte lógica y aburrida del cerebro) entra en la conversación y le dice a la amígdala: “Oye, relájate. Es solo una película. Esos zombies no son reales”.
En ese momento, la amenaza desaparece, pero el cóctel químico se queda en tu cuerpo. Te quedas con la euforia de la adrenalina y la sensación de bienestar de las endorfinas, pero sin el peligro real de ser comido por un monstruo. Es, literalmente, una droga natural. Un “subidón” seguro.
Es la misma razón por la que la gente se tira en paracaídas o se sube a una montaña rusa. Pagamos por el miedo porque, biológicamente, sobrevivir a él (aunque sea un peligro falso) nos hace sentir increíblemente vivos.


