Todos hemos soltado alguna vez esa ridícula y exagerada frase de: “Tengo tanta hambre que me comería una vaca entera”. Es una metáfora inofensiva que usamos cuando el almuerzo se retrasa. Pero en la Francia del siglo XVIII, decir eso acerca de un sujeto llamado Tarrare no era una broma de taberna; era un pronóstico literal. Porque él no solo se comería la vaca cruda, sino que se tragaría los huesos, el pasto del suelo y, probablemente, al gato callejero que estuviera mirando desde el callejón.
Dicen que el hambre extrema ha empujado a la humanidad a romper todos sus límites morales. Unos matan por un pedazo de pan, otros masacran naciones enteras por hambre de poder. Sin embargo, el protagonista de nuestra historia de hoy nos demuestra que el verdadero terror a veces no es político ni sobrenatural: es puramente anatómico.
No estamos hablando de un mito urbano para asustar a los niños antes de dormir. Los registros médicos y militares de la época documentan con absoluta y aséptica frialdad el caso clínico más repulsivo y trágico de nuestra historia. Un error grotesco de la naturaleza, un pozo sin fondo que devoró todo a su paso hasta que el puro instinto de supervivencia lo arrastró a cruzar el límite más imperdonable de la especie humana.
Si tienes el estómago fuerte, te invito a darle play a mi video documental sobre este perturbador caso. Si prefieres conocer los detalles médicos más escabrosos que los registros intentaron ocultar, sigue leyendo bajo tu propio riesgo.
Expulsado por su propio apetito
La pesadilla comenzó temprano. A los 17 años, los propios padres de Tarrare tomaron una decisión desesperada: lo echaron a la calle. No lo hicieron por ser un criminal o un mal hijo, sino porque el simple acto de mantenerlo vivo y alimentado los estaba llevando directamente a la bancarrota familiar. Tarrare comía el equivalente al peso de su propio cuerpo todos los días, y nunca, jamás, estaba satisfecho.
Su anatomía era una aberración que desafiaba la lógica. Su mandíbula podía desencajarse casi como la de un reptil, permitiéndole tragar manzanas enteras o trozos enormes de carne sin siquiera masticar. Cuando su estómago estaba “vacío” (algo que rara vez ocurría), la piel de su abdomen le colgaba tanto que literalmente podía envolverla alrededor de su propia cintura como si fuera un cinturón de carne suelta. Y cuando estaba lleno, su barriga se inflaba como un globo a punto de reventar.
Con el estómago rugiendo y sin una familia que lo mantuviera, Tarrare entendió rápidamente que en los fríos y sucios callejones del París de 1788, o te morías de hambre en una cuneta, o hacías de tu maldición biológica un negocio rentable.
El espectáculo callejero del “Barril sin Fondo”
Para sobrevivir, Tarrare se unió a un pintoresco y peligroso grupo de prostitutas, ladrones y charlatanes, convirtiéndose rápidamente en el acto principal de los bajos fondos parisinos. La multitud morbosa pagaba unas pocas monedas para ver cómo este joven demacrado, que sorprendentemente apenas pesaba 45 kilos a pesar de todo lo que ingería, realizaba su grotesco espectáculo.
Abría su enorme mandíbula y tragaba cestas enteras de manzanas seguidas. El público observaba fascinado y asqueado cómo las frutas bajaban por su garganta, deformando su cuello elástico como si fuera una serpiente digiriendo un huevo gigante. Devoraba sin inmutarse piedras, tapones de corcho de botellas de vino y, lo más perturbador, animales vivos que los espectadores le lanzaban para poner a prueba sus límites.
Semejante aberración anatómica cobraba un peaje físico devastador. Mantener ese motor biológico funcionando elevaba la temperatura de su cuerpo a niveles demenciales. Tarrare sudaba constantemente; pero no era un sudor normal. Transpiraba un líquido pestilente, un olor a descomposición tan fuerte que, según las crónicas de la época, era capaz de ahuyentar a cualquiera que se atreviera a acercarse a menos de veinte pasos de distancia. Lejos de volverse hiperactivo tras engullir esas cantidades industriales de comida, caía en un letargo casi comatoso, mientras sus intestinos luchaban agónicamente por procesar la basura, la carne cruda y la madera.
El soldado que se comía la basura
En 1792, el destino de Tarrare dio un giro aún más oscuro. Estalló la Guerra de la Primera Coalición, y él, como muchos otros jóvenes de la calle, fue arrastrado a las filas del Ejército Revolucionario Francés. Esto resultó ser una condena absoluta para su condición.
La ración militar estándar (un poco de pan duro y sopa aguada) apenas rozaba el fondo de su estómago. La desesperación lo empujó a realizar las tareas más humillantes en el campamento a cambio de las sobras de los demás soldados. Cuando eso no fue suficiente, la desnutrición severa lo llevó a hurgar en los basureros, peleando con los perros callejeros para devorar directamente los desperdicios, incluyendo restos de las letrinas y montículos de estiércol.
Su inevitable colapso físico lo llevó al hospital militar de Soultz. Allí, el Dr. Courville y el cirujano en jefe, el barón Percy, se negaron a creer los rumores hasta que lo vieron con sus propios ojos. Decidieron poner a prueba los límites de aquel monstruo biológico. Tras verlo engullir de una sola sentada la ración de comida destinada a 15 obreros alemanes, Percy llevó el experimento hacia el morbo científico puro: le presentó un gato vivo.
Las notas médicas relatan cómo Tarrare desgarró inmediatamente al animal por el abdomen con sus propios dientes, bebiendo su sangre a borbotones para comerse toda la carne cruda, y vomitando el pelaje minutos después como si fuera un ave de rapiña. Un proceso perturbador que repitió sin dudarlo, y ante la mirada atónita de los médicos, con serpientes, lagartos y cachorros de perro.
El espía de la caja de madera
Creyendo haber encontrado un arma biológica secreta, el ejército francés cometió la estupidez táctica de intentar usar su anatomía como maletín de espionaje. Le hicieron tragar una pequeña caja de madera que contenía documentos secretos, con la orden de cruzar las líneas enemigas prusianas, dejar que la naturaleza hiciera su trabajo en el baño, y entregar el mensaje.
El plan fracasó miserablemente. Los prusianos capturaron rápidamente a este soldado que no hablaba una palabra de alemán y que apestaba literalmente a cadáver. Lo torturaron y lo encadenaron a una letrina hasta que, efectivamente, defecó la caja. Para furia de los prusianos, el mensaje dentro era falso (una prueba del general francés). Molidos a golpes, lo devolvieron a las líneas francesas.
El límite imperdonable y el final en la morgue
De regreso en el hospital, destruido física y mentalmente por la tortura prusiana, las curas médicas desesperadas del Dr. Percy (que incluían dosis masivas de láudano, vinagre y pastillas de tabaco) fracasaron por completo. El hambre tomó el control absoluto de su voluntad restante.
El recinto médico se convirtió en su coto de caza nocturno. Primero peleaba por la basura podrida, pero pronto escaló hacia el horror puro: comenzó a beber la sangre extraída de los pacientes sometidos a sangrías médicas, y finalmente, fue encontrado agazapado en la oscura morgue del hospital, masticando los cadáveres de los soldados recién caídos en combate.
El personal, aterrorizado, exigió su traslado a un manicomio, pero la negligencia científica de Percy lo mantuvo en el edificio. Hasta que ocurrió lo imperdonable. La innegable y misteriosa desaparición nocturna de un bebé de 14 meses en la sala de maternidad obligó a clavar todas las miradas en el hombre del aliento a sangre coagulada. Ante el inminente linchamiento, fue expulsado inmediatamente hacia las sombras de Francia.
Tras cuatro años de absoluto silencio, en 1798, el hospital de Versalles contactó a Percy. Tarrare había reaparecido, esta vez consumido por una tuberculosis avanzada y una diarrea exudativa masiva que terminaron con su vida en cuestión de días.
La posterior autopsia a cargo del Dr. Tessier se convirtió en un descenso literal a la putrefacción acelerada. Al abrir la cavidad abdominal, el cadáver desprendió un hedor tan abrumador y tóxico que los experimentados cirujanos tuvieron que abandonar la sala corriendo para vomitar en los pasillos. En su interior no hallaron una anatomía humana convencional. Vieron un esófago colosal por el que se podía mirar directamente hacia las entrañas desde la boca abierta, junto a un hígado monstruosamente grande y un estómago purulento y plagado de úlceras que abarcaba casi la totalidad de su torso.
Tarrare no fue un demonio de la mitología ni el villano de un cuento de ficción. Fue un hombre prisionero de un organismo defectuoso, diseñado exclusivamente para consumir y destruir. Arrastrado por la peor de las biologías hacia la más absoluta depravación.
Y aquí es donde la historia nos obliga a mirarnos al espejo: Si tu cerebro apagara para siempre la señal de saciedad, y el dolor agudo del hambre te desgarrara vivo cada segundo de tu existencia… ¿cuánto tiempo tardarías tú en mirar al abismo y buscar comida donde no deberías? Te leo en los comentarios.


